
Ayer durante un intento de siesta caí en la cuenta.
Duermo con Guillermo. O sea soy un hombre que duerme con un hombre, que come con un hombre y besa a un hombre.
Esta observación me llega como siempre tarde, porque actúo siempre más por instinto que por método. Y es porque los métodos ni las líneas rectas nunca me interesaron.
Mentiría si dijese que no fue un conflicto en mí vencer a mi yo pared y ceder al latido, pero todo se interioriza, se amortigua, se enmudece con el tiempo.
Hasta ahora, a mis 32 años, nunca he sido consciente de mi diferencia. Quizá me sentí más especial (negativamente) que el resto de la plebe, y después me pinté diferente al extremo del resto de la plebe, y me volví tan líquido que me mezclé a partes iguales de agua-aceite con cada uno de los habitantes… pero creó que más que eso me separé del prejuicio que arrastraban todos los que me rodeaban y nunca me agarré fuerte a la idea de que, ante todo, alguien podría ver en mi a Sergio. Al Sergio que sufre a veces según las nubes, al que canta tan fuerte cuando es feliz, al que mezcla cinismo y arrugas del bagaje.
Es una pena que muchos se pierdan eso de mí, que prefieran verme como un grotesco intento de mujer conatada, un amanerado rey del drama, una serpiente que muere si se muerde, es una pena porque siempre he sabido que soy un hombre. Un hombre que hoy desayuna con otro hombre, que viste de chaqueta o se enrolla bufandas bicolores. Un hombre que se baña con espuma, aparca torpemente, no entiende de mapas,
se viste por los pies, es paciente e impaciente.
Un hombre que ama a otro hombre, y no es más que la misma persona que fue siempre, la que ves si quiero, o la que escondo si me interesa.
Seguiré viviendo por instinto y no siendo tan meramente consciente de lo frívolo y pasivo que se adjunta a mi existencia, seguiré levantándome cada día y creyendo que yo soy yo y los demás son dispares y intangibles, sea cual sea su especie.
No es hora, a estas alturas, de andar con toscas revelaciones.